miércoles, 25 de noviembre de 2009

Los perros tb entran

Sucedió una fría mañana de un lunes. Tenía que tomar el Transantiago para llegar puntual a las 8:00 hrs a la Universidad

Cuando me estaba tomando un tazón gigante de café con leche, escuché a mi madre decir algo acerca de un cachorro que había pasado la noche en el patio de la casa sin que nadie lo supiera. Acá ya hay un perro así que ella lo echó a la calle con el corazón algo roto y en eso lo escuché rascar el portón.

Ya era hora y salí. Cuando lo vi ahí afuera tan hermoso e indefenso, me fue inevitable hacerle cariño (sabiendo las consecuencias que esto iba a traer), al momento que sintió mi acogida me comenzó a seguir y noté aunque era un perro, que estaba bastante contento, esto no me gusto porque sabía que tenía que dejarlo en cualquier momento, sería un poco complicado pasar mi día con el. Lo rete varias veces para que se fuera, pero no paso nada.

Ya venía el Transantiago y como es frecuente en mi, se me llenaron los ojos de agua, me daba pena dejarlo ahí. Cuando paró la vi repleta, como de costumbre a esa hora y no me quedo otra que alzar la voz una vez mas para que el perro me dejara, pero éste hacia todo lo posible para subirse conmigo. El conductor me dijo:- Mijita, vaya a dejarlo allá en el pastito, yo la espero (que amabilidad me dije, antes eran mas irritables estos señores), le hice caso y lo dejé lejos para aprovechar de subirme corriendo. Puse un pie en la escala y escuche unas risitas tímidas de las personas que iban dentro, miré para atrás y el muy vivo venía corriendo para agarrar el vuelo necesario para acompañarme en el trayecto. El conductor me preguntó si era mío y con toda la pena le conté la realidad, me dijo: - quizá es una señal, llévelo no mas.

No me quedo otra y comencé a pasar entre el mar de gente con él en brazos para que no lo pisaran, mientras muchos me preguntaban por el, así que por primera vez en mi vida hice mucha vida social en la micro.

Al fin encontré un huequito donde instalarnos, lo deje en el piso si, claro que se fue pegado  a mis zapatos.

Todo lo sucedido me hizo comprender que el Transantiago, como ya lo sabemos, tiene espacio para todos, hasta para un perro y las personas ya se resignaron al apretuje diario. Imagínense tener que aguantar dejarle un pedazo de piso a mi nuevo amigo sin poner ninguna mala cara o quizá simplemente bastaba una situación algo conmovedora para que éstas dejaran de fruncir el ceño.

Al bajarme en Provi para tomar el metro, el pequeño lo hizo también conmigo, yo ya no sabía que hacer.  Al sentir que estaba medio desorientado entre el mar de gente aproveché para escapar. Quede todo el día con el pecho medio apretado, pero creo que era lo que tenía que suceder.

martes, 20 de enero de 2009

Impulsos engañadores

Impulsos que luego dejan vacíos

Impulsos egoístas

Impulsos momentáneos

 

No quiero ser eso...

No se lo merece el que me acompañe...

 

Sentimiento de inconformismo

Búsqueda errónea

Inestabilidad emocional